El guayabo

  • Mira, Alena, ¡VEN! Ven a ver como sigue creciendo el arbolito que sembramos… – grita papi desde el ventanal que da al jardincito interior de la casa.

Alena deja sobre el piso todos los colores que está utilizando para dibujar y a su propio ritmo se levanta y baja las escaleras. En cuanto está ahí, papá le muestra los nuevos retoños han surgido.

  • ¡Le están creciendo muchos brazos, cómo la que pusimos la otra vez! – recuerda la niña.

  • Si pero esta se va a convertir poco a poco en un árbol grandote. Por ahora, mientras está pequeñito lo vamos a mantener aquí en esta macetita para que las hojas de las otras plantas lo protejan de la lluvia cuando llueve muy fuerte, pero una vez que haya crecido lo suficiente, lo vamos a transplantar al jardín común de afuera para que todos los vecinos puedan disfrutar de su belleza y puedan saborear sus ricas frutas – explica Mikel.

  • ¿Este árbol va a crecer mucho? – pregunta Alena en un tono algo triste.

  • Claro, porque nosotros lo vamos a cuidar muchísimo para que pueda crecer sano y fuerte – le dice papá con un tono muy orgulloso.

  • Pero…. ¿y si se ferma de algo muy raro? – pregunta Alena casi llorando.

  • Si se enferma de algo raro… mmmmmm… ¿qué crees tú que podríamos hacer? – invita Mikel a su hija respondiendo con otra pregunta.

El rostro de Alena cambia inmediatamente y su mirada instintivamente se dirige al ángulo superior derecho. – Tenemos que saber de que está fermo.

  • ¿ Y cómo podemos saber eso? – insiste papá.

  • Voy por mi bolsa de doctora – dice Alena ya en movimiento.

Varios minutos más tarde, la pequeña está nuevamente con su padre. Saca del pequeño maletín un estetoscopio de plástico. Se coloca en los oídos los auriculares y con toda naturalidad coloca la campana sobre la tierra que rodea al retoño.

  • Está fermo. Tiene la fermedad rara – dictamina de un tajo la reciente galena.

  • Pero… ¿cómo supo, doctora? Hemos ido antes con tantos médicos. Ningún doctor había podido decirnos qué tiene nuestro pequeño guayabo. – pregunta Mikel sorprendido.

  • Porque en la compu salió una foto de unos señores que ayudan a las fermedades raras(1). Y ellos me dijeron. – Alena saca ahora de su bolso una jeringa plástica y mientras se la aplica suavemente al tallo, le explica amorosamente al pequeño arbolito:

  • Te voy a poner esta medicina con la jeringa aunque te duela un poquito, porque tu ángel guardián no tiene boca y solo puede tomar el líquido que sale de las jeringas.

  • ¿Entonces es muy importante primero saber cuál es la enfermedad que tiene, verdad doctora? Porque los que no saben, podrían darle medicina que no fuera la correcta – insiste Mikel.

  • Sí, ya se está curando – Alena guarda su instrumental médico.

  • Alena, ¿quieres hacer un dibujo de nuestro guayabo cuando ya sea grande? Hace un momento estabas dibujando – le motiva papá.

Mientras suben lentamente la escalera, Alena le va platicando a papi: – Sí, voy a hacer un árbol que esté muy bonito y que tenga mucha fruta para que todos puedan probar las guayabas.

  • ¡Me siento muy orgulloso de que sepas cuidar tan bien a las plantitas y que seas tan compartida! La tierra siempre nos comparte de su belleza y de sus frutos y tú eres una muy buena cuidadora de la tierra – reconoce Mikel. – ¿Me compartes una hoja y tus colores para que yo también dibuje mi árbol?

  • ¡Sí, dibujamos juntos! – grita Alena. – Ambos se tiran al piso a dibujar juntos.


(1) Proyecto Pide un Deseo Mexico (www.pideundeseo.org); Federación Mexicana de Enfermedades Raras (www.femexer.org).

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